
EL CANTO DE LA VALQUIRIA
Los cuernos de guerra resonaron con fuerza cuando el trueno partió el cielo en dos. Alentando, incitando… adivinando con su melodía macabra la intención que danzaba en el aire viciado de la sala.
-Sabes que ya no hay vuelta atrás, ¿verdad?
Posó dos dedos largos y fríos bajo el mentón de su cautiva y la obligó a mirarlo directamente a los ojos.
El hielo que descubrió en ella lo abrasó.
-¿Por qué lo has hecho? –exigió con rudeza, soltándola en el acto, temiendo por un momento que la debilidad que la muchacha ejercía en su cuerpo inmortal se hubiera hecho demasiado evidente para el resto de los presentes. -¿Por qué has tenido que ser tan estúpida?
El hombre se incorporó dándole deliberadamente la espalda. En el silencio de la estancia, el poder fluyó a través del hombre y un estremecimiento general recorrió a los demás seres que esperaban el castigo de la condenada. Pensamientos sin palabras, hechos sin voz… una pasión dormida y una cruel traición.
-¿Acaso importa ya lo que diga, Padre? –susurró la muchacha con las pocas fuerzas que le quedaban.
La indignación se elevó entre los presentes en forma de miradas acusadoras y susurros lo suficientemente altos como para dejar constancia de su presencia. La joven trató de ponerse en pie, pero perdió el equilibrio y volvió a caer de bruces al suelo con las manos atadas a la espalda, estrellando su rostro roto y magullado contra el mármol.
-¿Lo oís? –una risa débil se escapó de entre sus labios, tornándose gemido hacia el final cuando las costillas amenazaron con perforarle desde dentro. –Claro que lo hacéis. Odín lo oye todo, ¿no es así? ¿Cuánto creéis que tardarán en entrar y reclamarme?
Odín, dios de dioses, siempre altivo e imperturbable, vaciló. A su señal, varios de sus hijos salieron por las enormes puertas de mármol negro para unirse a Thor en la tormenta de sangre que se estaba librando fuera. Un niño se reunió con el Dios en el centro de la habitación, ante la atenta mirada del resto de los dioses.
-Padre, creo que deberíamos…
-Cállate Balder. Déjame pensar.
-No tenéis mucho tiempo para hacerlo, majestad –el muchacho se acercó al cuerpo inmóvil de la chica y la acarició, tomándola entre sus brazos y enderezándola con sorprendente facilidad pese a la diferencia de tamaños. Mientras hablaba, no apartó su mirada de sus ojos azules –Devolvámosla. Loki sólo ansía que le sea devuelta. Expulsémosla de Asgard, desterrémosla a los páramos más sombríos del Niflheim, incluso el Inframundo será un lugar demasiado benevolente para ella. Esa es la única oportunidad que nos queda, mi señor.
-Sí, es posible, aún así… -comenzó Odín, pero la mano de Frigga, su esposa, sobre su brazo le hizo detenerse y prestar atención a la bóveda de cristal que se erguía sobre sus cabezas. El palacio entero se estremeció en un terrible presagio. –Los gigantes deben de haber superado las barreras de Thor.
-Los gigantes no son los únicos que luchan esta guerra, padre –todos los dioses se volvieron hacia ella. A excepción del joven Balder, incapaz de apartar la mirada del cielo que se dibujaba sobre sus cabezas. -¿A quién crees que rinden fidelidad y obediencia los miles de guerreros que he levantado del campo de batalla? ¿Al Dios demasiado ocupado como para recibir a sus hijos, muertos por gracia del acero, o a los labios que le han devuelto la vida, las manos que han sanado sus heridas, la voz que les ha prometido el Valhalla?
-¡Maldita seas, Lenäh!
-No puedes culpar al lobo de comerse al cabritillo, padre. Y mucho menos cuando fuiste tú quién lo creó para ello. Está en su naturaleza, lo mismo que lo estaba en la mía. Para que haya un comienzo, antes debe haber un final.
Los dioses que aún quedaban en la sala del trono desenfundaron sus armas y cercaron a su señor. La estancia al completo se sacudió de nuevo, haciéndoles aún más difícil seguir manteniendo el equilibrio. El mármol que los separaba del exterior se rompió en pedazos y Mjolnir, el martillo sagrado de Thor, irrumpió en la sala y se estrelló contra la pared del fondo, agrietándola. No había rastro del dios por ningún lado, sólo una risa enloquecida dejaba adivinar un futuro nada esperanzador.
Recuerda perfectamente cómo empezó todo. Se rompió su rutina, abrió los ojos al mundo exterior, se le mostró que el prisma del universo era tan variable como ojos había para observarlo. Un fuego enorme, una gran fogata capaz de calentar a centenas de campañas con más de mil soldados cada una y en cuestión de segundos, ella había pasado de ser una diosa a convertirse en una luciérnaga. De inmortal a insecto. De cazador a presa. De verdugo de hierro y condescendencia a reo débil y mortal. Maravillada, curiosa, eclipsada… no le quedó más remedio que arder. Una y otra vez, noche tras noche, día sí y día también.
-No deberías estar aquí –sentenció aquella primera vez.
Bajó de su caballo, se quitó el yelmo y lo dejó sobre la silla de montar. Sin quitarle los ojos de encima al intruso, paseó entre los cadáveres de los hombres que acaban de morir por salvaguardar el honor de una nación, algún rey o posiblemente una dama de buen busto y mejores posaderas.
Él le sonrió de medio lado con un brillo en los ojos que disparó el sentido de alarma de la valquiria. Uno de aquellos infelices aún respiraba a sus pies, sus pulmones clamaban un aire que ya no estaba reservado para él. Lenäh se llevó la mano a la empuñadura de la espada atada a su espalda y de un movimiento limpio y rápido la hundió en el corazón del guerrero.
Ni siquiera el dolor que quedó grabado en su rostro consiguió conmoverla.
-¿Vas a concederle la vida eterna? ¿Merece este hombre tu perdón? –sin saber cómo, aquel ser molesto estaba tan cerca de su espalda que su aliento le lamió la piel.
La muchacha se volvió.
-Era un borracho y un estúpido. No un guerrero. No merecía ni siquiera la gracia que me he atrevido a darle.
Perezoso, Loki se dedicó durante minutos enteros a analizarla de arriba abajo. Y lo que vio le gustó.
-¿Qué haces entonces aquí si ninguna de estas almas pisará jamás el Valhalla?
-Allí donde el hombre derrame sangre, una valquiria acudirá. Es la ley divina, la palabra de Odín.
-Y apuesto a que ninguna de vosotras jamás se ha atrevido a cuestionarse esa… ley.
Lenäh lo miró sin comprender.
¿Cuestionar a Odín? ¿Su padre? ¿Su rey? ¿Su Dios? ¡Jamás!
El castigo por tal atrevimiento y estupidez sería, casi con total seguridad, la mortalidad. Dolor, hambre, enfermedad… padecer los males de los hombres, ser una de ellos. Envejecer lentamente y morir en una fracción de segundo. Sentirse desbordada por los sentimientos irracionales de los que los humanos hacían gala, por la estupidez que te llevaba a matar a un amigo, un hermano, un hijo.
¡Jamás!
-No deberías estar aquí –dijo en voz alta, endureciendo el mentón y retrocediendo un paso. Tanta proximidad la empezaba a poner nerviosa. –A Odín no le gustará saber que has venido a molestarme.
Loki recortó la distancia una vez más y con una naturalidad que la paralizó tomó uno de sus rizos dorados y lo enrolló en su dedo, obligándola a que acercara su rostro un poco más.
-Entonces deja que esto sea un secreto entre nosotros dos.
La transición entre el campo de batalla y la cama era es algo que estaba más difuso en su memoria. Ella se resistió, podría jurarlo, aunque no estaba segura de que alguien la creyera si lo hacía. Cada vez que ella abandonaba el resguardo de Asgard y bajaba a Midgar en busca de almas fuertes y merecedoras del honor que ella otorgaba, Loki ya estaba allí esperándola y la torturaba. Palabras que olían a engaños, manos diestras en anatomía, ojos embaucadores y labios retadores… eso, en esencia, era el Dios de la Locura.
-Dime, Lenäh, ¿qué he de hacer para que, además de mi cama, compartas también mis sueños?
Ella se giró hacia el lugar de dónde provenía la voz. Desnuda ante la ventana, miraba la luna y a los granjeros recoger a los animales en el establo antes de irse a dormir. Cada día una posada distinta, un pueblo diferente, mortales olvidados, mujeres generosas ofreciéndoles “cualquier cosa que pudiera desear los señores”. Posadas baratas y con olor a moho, en su mayoría. Lugares en donde a ningún dios entrometido se le ocurriría mirar.
Loki le tendió la mano, instándola a que se acercara de nuevo.
-Hoy he hablado con Brunilda –el dios no parecía demasiado sorprendido por esa revelación. –Está preocupada por mí. Dice que he cambiado.
Con pasos lentos, la valquiria se alejó de la luz de la luna y se acercó al montón de paja húmeda que les servía de colchón. Loki la tomó de la cintura y la colocó entre sus piernas, mientras se metía uno de sus pechos en la boca. Seguía hambriento. Él siempre lo estaba.
-Estoy cansada de caminar sobre la Tierra envuelta en sangre y destrucción. Ajena a la vida, sólo conozco la servidumbre a mi señor padre, Odín y a Freya. Soy el más cruel instrumento del Destino, una mera excusa para que los hombres se den muerte los unos a los otros, una promesa vacía de riquezas y goces carnales. No es suficiente.
Loki se separó de ella y la miró a los ojos. Exigente, poderoso, enfebrecido de deseo.
-Dime lo que quieres y te lo concederé, Lenäh –susurró, arrastrándola de vuelta a la cama, aprisionándola bajo su cuerpo.
-¿Qué es lo que podría querer yo en mi situación, mi señor? –separó las piernas. Invitándolo. –Una vida nueva. Un comienzo distinto y un Destino que no esté escrito por nadie salvo por mí misma.
-Sólo hay una palabra para eso…
-¿Una palabra? ¿Y cuál es?
No hicieron falta más palabras de las dichas para que la comprensión anidara en ella. Cuando al fin ambos se convirtieron en uno, la claridad la golpeó con fuerza en pleno rostro. Antes de dejarse llevar y de sumirse en el placer extático del fuego y el deseo, una duda la asaltó: ¿Sería aquello lo correcto?
Luego los labios de Loki la obligaron a olvidarse del mundo y dejar a un lado tanta divinidad para gozar del más mortal de los placeres.

-Creo que tienes algo que es mío, Odín –cubierto de sangre, Loki atravesó la entrada con un par de zancadas, con la lanza en la mano y la comisura de sus labios goteando sangre. Ajena, seguramente.
-¿Qué crees que estás haciendo, Loki? –rugió el dios mientras sus iguales tenían que vérselas con gigantes y monstruos engendrados en el mismísimo infierno. -Vas a condenarnos a todos, ¿y por qué? ¿Por encapricharte de una de mis valquirias?
Odín se dirigió de nuevo al bulto inmóvil que estaba tirado en el suelo y la alzó a pulso, hasta que sus rostros quedaron a la misma altura. La tranquilidad que reflejaba el de ella lo enfureció. ¿Es que acaso era incapaz de comprender que si Odín moría todos los demás lo seguirían? ¡Incluidos ellos mismos!
-Necesito una explicación. ¡Te exijo que me des una! Si alguna vez sentiste el más mínimo respeto por tu padre, dímelo.
En su camino hacia la pareja, Loki cercenó la cabeza de Balder con su lanza. Las palabras del niño jamás llegaron a abandonar su cuerpo. Mientras, una de las mascotas de Loki rugió con fuerza a lo lejos, al tiempo que los guerreros de Lenäh caían a pares ante los estacazos de los guardianes de Odín.
-¿Qué mentiras te contó? ¿Qué te ha prometido Loki para que traiciones incluso a tu familia?
-Ya te lo he dicho, padre. Fuiste tú quien me creaste para esto. En tu interior sabías que algún día este momento llegaría. Debemos borrarnos de la existencia y tener fe en que tendremos la suerte de renacer en otro tiempo, en otro lugar. Quizás incluso nos lleguemos a encontrar de nuevo.
-Eres una estúpida. ¿Todo esto por qué? –abarcó con su mano los gritos y los cuerpos moribundos e inertes que yacían en el suelo. -¿Por amor?
-Es mucho más que amor, mi señor –su tono no varió, ni siquiera cuando vio a Loki justo detrás de su padre alzando su lanza con la intención de dar el golpe de gracia. –Más que pasión, deber u honor. Sobrepasa el entendimiento y no le rinde cuentas al Destino. Nació en el principio de los tiempos, seguro de que algún día volvería para cobrarse la deuda.
-¡Déjate de acertijos y dime de una maldita vez qué es lo que te trajo hasta aquí! Una palabra, una sola…
Lenäh se inclinó hacia delante, dejando sus labios a escasos centímetros del cuello de su padre. Su voz lo envolvió con el halo venenoso de una cobra.
-Ragnarök… -susurró antes de que el cuerpo de Odín se retorciera de dolor y maldijera a los cielos por su muerte.
Loki cortó las ataduras que mantenían cautiva a la guerrera y la ayudó a levantarse, entregándole la lanza aún teñida con la sangre no tan inmortal de Odín.
-Te dije que te daría cualquier cosa que me pidieras y aquí lo tienes.
-¿Volveremos a vernos en la otra vida?
-¿Quién dice que vaya a haber “otra vida”? Dudo que nos la merezcamos –la besó con fuerza, desgarrándola. Tomando de ella más de lo que cualquier persona pudiera dar. –Hemos pecado, Lenäh, y no me queda poder ni magia para un deseo más.
Hacia el ocaso, dos cuervos alzaron el vuelo y entre sus alas negras llevaron la perdición que dominaría al resto del mundo.
Es genial!!!! Me ha gustado mucho, que amor! que intensidad! que valerosos guerreros rebeldes!!! Pero esta historia no continúa??? quiero leer más. Esta muy bien escrita, me ha gustado mucho. Tienes talento Leara! besos
ResponderEliminarMuchísimas gracias niña!!
ResponderEliminar^^
La verdad es que no tiene continuación... más que nada porque en el Ragnarok todos los dioses la palman xD ¿Qué se le va a hacer? pero me gustó mucho escribirla. Eso sí.
Muchas gracias por pasarte y leer ^^
Loki <3 <3 <3 me tocaste el punto débil, jejeje ;)
ResponderEliminarbesotes!
Qué pasada!!
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